Somos más que materia


El hombre es misterio y enigma para sí mismo, porque no puede pensarse a sí mismo en profundidad y porque no puede conocer totalmente al que lo creó. Aun así, tratar de descifrar su propia incógnita es importante, porque tiene uso de razón y debe razonar. Su creación está por encima de lo observable científicamente y, pese a sus cinco sentidos, es un ser limitado y alterable que no alcanza a observar su verdad, porque aunque parezca místico, en él lo espiritual es más real que lo material. Todo lo que le ocurre en su mundo emocional, mental, herencia genética y racial, sucede dentro de una trama espiritual compartida, en la que existen aspectos internos y externos que condicionan los resultados; lo de afuera facilita los procesos que se inician adentro, como ocurre también en su territorio íntimo. Albert Einstein planteó en una ocasión: “El ser humano es una parte limitada en el tiempo y en el espacio de la totalidad que llamamos Universo. Pero, inexplicablemente se experimenta a sí mismo a través de sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto en una forma de ilusión óptica en su conciencia. Esa ilusión es una forma de prisión que limita sus deseos y preocupación por las personas que le rodean. Liberándose de esa prisión podrá extender su círculo de compasión hasta abrazar la totalidad de las criaturas vivientes y la totalidad de la naturaleza en la plenitud de su belleza. Por ello, cuando entienda que todo y todos estamos interconectados e interrelacionados y que naturaleza, animales y humanos dependemos unos de los otros, entonces en definitiva entenderá que nuestra organización planetaria es también un todo integrado por una humanidad-comunidad y que ese todo y todos conformamos nuestro mundo”. El hombre es energía cósmica transformada y, como ser humano comparte una triple identidad, ya que somos seres biofísicos, terrestres y cósmicos, en los cuales la espiritualidad es un fenómeno inherentemente humano donde encontramos la fuente de la energía que impulsa nuestras acciones. De este modo, el espíritu viene a ser un elemento energético que mantiene unida la materia y define sus intenciones, según propósitos elevados. Por espiritualidad se han de entender aquellas conductas que son accionadas por la búsqueda del bien común, por el reconocimiento de unidad y no de fragmentación en nuestras acciones y por que existe un propósito en esencia trascendente para la persona que actúa. La espiritualidad tiene que ver con las motivaciones internas. Somos espirituales cuando en la quietud de los pensamientos nos conectamos con nuestra esencia, cuando nos percatamos que somos más que materia y mente y conciencia universal e infinita en todas sus formas posibles de manifestación. Nuestra identidad es parte de la unidad y la diversidad; de lo físico y lo metafísico, de lo denso y lo sutil, de lo material y lo inmaterial. Somos partículas cósmicas porque formamos parte del Universo y partículas terrestres porque habitamos este planeta. En nosotros aparecen todos los elementos y sus energías (agua, fuego, tierra, aire, luz y esencia mineral), y de esta forma guardamos en nosotros toda la información planetaria y universal. Somos seres espirituales viviendo experiencias físicas y seres físicos viviendo experiencias espirituales. Así encarnamos la vida en este espacio-tiempo. Echamos raíces en la Tierra mientras nuestra conciencia nos guía hacia mundos etéreos. De esta manera, nuestras experiencias cotidianas van creando puentes entre la Tierra y el Cosmos, en una especie de danza cósmica entre el caos y el orden intentando encontrar nuestra auténtica identidad. Estamos influidos permanentemente por intercambios personales y relaciones causas-efectos. Somos parte y todo a la vez. La energía que nos anima -el aliento de vida- es la misma que anima a todo el Universo. Nuestros ritmos internos son los ritmos del Universo que se sincronizan con los de la Naturaleza y los del Cosmos. Porque somos parte del Universo somos también parte del caos. Nuestro reloj biológico se calibra en contacto con el Sol, con la temperatura ambiente, con los sonidos que nos circundan, con otros seres humanos y con todas las criaturas del planeta. Tenemos vínculos interpersonales con el medio ambiente terrestre y cósmico, con los elementos de la Naturaleza, con los sonidos, con los colores, con las fragancias y con todo tipo de energías sutiles. En el Universo el movimiento es constante; el día sigue a la noche y la noche al día; las estaciones se suceden interminablemente; las fases de la luna siguen sus ciclos, así como la gestación hasta el nacimiento y la germinación hasta el fruto maduro. Los movimientos que son parte del movimiento universal se recrean a cada instante; todo va y viene; sube y baja, crece y decrece y se modifica permanentemente aunque no lo notemos. De ese modo, el movimiento de la vida no se detiene; los vínculos en la trama universal también se transforman y recrean constantemente siguiendo nuevos ritmos y nuevas sintonías, y así la transformación continúa. El ser humano es un misterio que todos intentamos descubrir de algún modo para conocer más sobre nosotros mismos. ¿Dónde poder hallar la respuesta al enigma del hombre? Si el hombre quiere llegar a conocerse en profundidad debe reconocer que no se hizo, es decir, debe partir de aquel que lo creó y de la finalidad para la cual lo hizo. “Nada hay más cerca de nosotros que nosotros mismos y nada que nos sea más desconocido que nuestro propio Ser”. insolitohz@gmail.com

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