El maravilloso cuerpo humano


Sin duda, el cuerpo humano es una maravillosa creación que supera a la máquina más perfecta que hasta ahora se haya podido construir: Se compone de cincuenta trillones de células y cada una consta de tantas moléculas como diez mil veces las estrellas que existen en la Vía Láctea. Mientras vivimos, estas se regeneran realizando cada una diez mil funciones químicas diferentes a fin de mantenernos sanos, estando unidas por dos billones de células nerviosas conectadas con el cerebro, el cual contiene aproximadamente catorce billones de células que se hallan dentro de un mecanismo similar a una computadora. Si se creara una computadora que reprodujera las funciones del cerebro, tendría que tener cien metros de longitud por veinte de alto y necesitaría, para enfriarlo, una represa de agua. El cerebro es el órgano más complejo del cuerpo humano, con treinta mil millones de neuronas. La médula espinal, que es el cordón nervioso del organismo, está compuesta por millones de fibras nerviosas, encerradas dentro de la columna vertebral. De la médula salen los nervios, que van a todo el cuerpo y a cada milésima de milímetro de pies, músculos, corazón, pulmones, hígado y riñones. Si se ponen los nervios uno detrás de otro, tienen una longitud de ciento cincuenta millones de kilómetros, la misma distancia que existe entre la Tierra y el Sol. El cuerpo está accionado por un sistema digestivo que contiene poderosos ácidos capaces de eliminar el lustre de una mesa. Si aplicáramos esos ácidos en una de nuestras manos, nos quemarían, pero vale aclarar que dentro del cuerpo se dedican a deshacer la comida que ingerimos, transformándola en combustible alimenticio que luego es trasladado a todo nuestro organismo a través del sistema sanguíneo. Las células del intestino son las que se regeneran con mayor rapidez. En cambio, las que nos acompañan toda la vida son las del cerebro. Este registra el dolor asociado a una enfermedad o golpe, en cualquier lugar del cuerpo. Sin embargo, la corteza cerebral es inmune al dolor, debido a que no tiene ninguna célula receptora especializada, como las que perciben dolor de otras partes del cuerpo. Extrañamente, el cerebro no crece, no se mueve y tampoco se puede fragmentar ni comprimir. El dolor asociado con tumores cerebrales no es percibido por células propias del cerebro sino por la presión creada por el tumor en crecimiento sobre tejidos externos. Para masticar usamos los músculos más resistentes, produciendo una fuerza equiparable a un peso de ochenta kilogramos. En un caso extremo, esa fuerza puede llegar a ser incluso superior a los cuatrocientos kilogramos. El hígado es algo parecido a una gran fábrica de azúcar. Cuenta con cuatro millones de pequeños talleres o laboratorios, donde se elaboran los azúcares y los jugos de la hiel.


Los riñones constituyen otra compleja maravilla. Son un conjunto de filtros complicados y perfectos con innumerables canalículos o tubos replegados alternamente sobre sí mismos, que sirven para filtrar la sangre y purificarla. El estómago tiene muchos músculos que durante la digestión lo agitan incesantemente de una parte a otra, con millares y millares de pequeñas glándulas, que fabrican las peptonas, el ácido clorhídrico y demás jugos, que disuelven los alimentos. Un centímetro cuadrado de piel contiene tres millones de células y casi tres mil células táctiles. Si pudiéramos salir de nuestra piel, pesaríamos tres kilogramos menos.  El óvulo femenino es la célula más grande del cuerpo humano. Mide cero, un  milímetro de diámetro. La célula menor (célula espermática masculina), es doscientas mil veces más pequeña que el óvulo. El hueso más pequeño de nuestro cuerpo, llamado  estribo, mide tres milímetros. Aunque se elimine hasta un ochenta por ciento, el resto del hígado sigue funcionando. Transcurridos unos meses, habrá recuperado su tamaño original. Los niños tienen trescientos huesos, los adultos doscientos seis, debido a que durante el crecimiento algunos huesos se fusionan con otros. Las paredes del estómago están protegidas por una gruesa capa de mucosa porque el ácido clorhídrico de este órgano puede corroer hasta el hierro. Si ayunamos durante cuarenta días aproximadamente y perdemos una tercera parte del peso corporal, moriríamos. Si dejamos de tomar agua durante tres días, perderíamos trece litros de agua y esto también nos produciría la muerte, pero, más que el agua lo que necesita el cuerpo con más urgencia es el oxígeno. El sudor está compuesto por un noventa y nueve por ciento de agua. Los adultos sudamos diariamente entre uno y tres litros de líquidos, segregados por unas tres millones de glándulas sudoríparas. Contrario a lo que se cree, la mayoría de estas glándulas no se encuentran en las axilas, sino en la espalda, el torso, las palmas de las manos y las plantas de los pies.  La sangre es impulsada dentro del cuerpo por un músculo llamado  corazón, el cual tiene forma de pera y  el tamaño del puño de un hombre. El corazón es un mecanismo complejo, una bomba aspirante e impelente que late continuamente en toda nuestra vida sin parar para que la sangre circule por todo el cuerpo.  En una vida promedio el corazón bombea más de dos millones y medio  de veces y late unas setenta veces por minuto, unas cien mil pulsaciones al día, cuarenta millones de latidos al año, moviendo incesantemente la inmensa flota de los veinticinco millones de glóbulos sanguíneos, a través de los noventa y seis mil kilómetros que tiene el sistema circulatorio del hombre, bombeando cada día un promedio de diez mil litros de sangre. Una gota de sangre tiene cinco millones de glóbulos rojos, entre cinco mil y diez mil glóbulos blancos y doscientas cincuenta mil plaquetas. Los glóbulos rojos o hematíes se encargan de la oxigenación de las células del cuerpo. Los blancos o leucocitos tienen una función inmunológica, haciendo trabajos de limpieza (fagocitos) y defensa (linfocitos). Estos se dedican a destruir microbios y células muertas y producen anticuerpos para neutralizar los microbios de las respectivas enfermedades infecciosas. Las plaquetas sirven para taponar las heridas, cicatrizarlas y evitar hemorragias.


La mano humana realiza con destreza cincuenta y ocho movimientos diferentes. Todavía llevamos parte de una cadena de huesecillos que, en realidad, deberían formar parte de una cola. A lo largo de nuestra vida, pasamos el mismo tiempo comiendo que pestañeando. Casi cinco años de nuestra vida se nos irán comiendo, y otros cinco años aproximadamente los pasaremos con los ojos cerrados a causa del pestañeo. La longitud total de todos los vasos sanguíneos del cuerpo humano es de unos noventa y siete mil kilómetros. A medida que envejecemos nuestro cerebro pierde casi un gramo de peso cada año a causa de las células nerviosas que mueren y que no son reemplazadas. Cada día, nuestro cuerpo descarta unos diez millones de células dérmicas muertas; lo que equivale a casi dos kilogramos de peso a lo largo de un año. La parte más sensible del cuerpo son los dedos y los labios, mientras que la menos sensible se encuentra en mitad de la espalda. El ciclo de vida de una papila gustativa es de diez días, pero las células se van renovando constantemente, a un ritmo aproximado de una cada diez horas. El ojo es otra máquina perfecta, compuesto de más de dos mil millones de piezas. Cada día produce un millón de fotografías. En la retina se imprime la imagen nítida de lo que vemos y, después, a través de diez finísimas capas, parten millares de finísimas fibras nerviosas destinadas a transmitir al interior del cerebro cada detalle de la imagen. Para que la imagen externa se produzca nítida en la retina, es indispensable que los rayos de luz sean refractados y, para ello, a la entrada del globo ocular, hay una sustancia extremadamente transparente, llamada humor vítreo, que ejerce el oficio de lente de extremada potencia y nitidez. Como el ojo tiene necesidad de percibir imágenes situadas a distintas distancias, el cristalino es de una sustancia viva y elástica para adaptarse de acuerdo a la distancia de los objetos. También el ojo debe adaptarse a distintos grados de luz y, para ello, la pupila aumenta o disminuye su abertura automáticamente por medio de fibrillas musculares. Cuando estamos en la oscuridad, la pupila se dilata y, cuando entramos súbitamente a un lugar con mucha luz, la pupila se encoge sin perder su forma circular. El oído también es una maravilla de perfección. Un detalle curioso es que el camino del sonido, desde la oreja o pabellón exterior hasta los tímpanos, se halla protegido por una cera amarilla de sabor amargo, para ahuyentar de manera eficaz a los insectos, que intentaran penetrar en el interior. En el oído medio hay una cadena de huesecillos. El primero de ellos es el martillo, que apoya su mango en la parte interior del tímpano, golpeando a cada movimiento de éste el yunque, que pone en vibración el estribo. Estos huesecillos hacen el papel de palanca, es decir, acrecientan la fuerza y el valor de los movimientos del tímpano al traspasarlos al interior. El huesecillo, llamado martillo, cumple además la función de amortiguador y acomodador del tímpano de acuerdo a la intensidad del sonido. En el oído interno, el llamado caracol, es como un piano-arpa con más de diez mil quinientas teclas y, en cada tecla, hay una cuerda sensible, un hilo finísimo del nervio acústico, que lleva su vibración al cerebro, donde producirá la sensación auditiva.


No olvidemos que el cuerpo humano tiene aproximadamente unos cien billones de células, la mayoría de las cuales tiene un diámetro de menos de una décima de milímetro y dentro de cada célula hay un corpúsculo negro llamado núcleo. Y, dentro del núcleo de la célula, se encuentran dos series completa de genes; una serie, que procede del padre, y otra, de la madre. Cada cromosoma está constituido por un par de larguísimas moléculas de ADN (ácido desoxirribonucleico). Todos los cromosomas de una célula abarcan casi dos metros. Todos los cromosomas de todas las células del cuerpo abarcarían ciento sesenta mil millones de kilómetros, y hay novecientos sesenta trillones de kilómetros de ADN humano en la Tierra: lo suficiente para llegar de aquí a la siguiente galaxia.  Por otra parte, no olvidemos las maravillas de la reproducción humana. El hombre, en sus relaciones sexuales, deposita en el útero unos cuatrocientos o quinientos millones de espermatozoides, mientras que la mujer produce un solo óvulo al mes. Dicho óvulo tiene veintitrés cromosomas y el espermatozoide otros veintitrés cromosomas. El nuevo ser tiene veintitrés pares de cromosomas, la mitad del padre y la mitad de la madre, que son los que transmiten la herencia. Los cromosomas son filamentos, que tienen la propiedad de hacer copias exactas de sí mismos, guardan información genética y pueden mandar los códigos claves, que tienen guardados, a otras células del organismo. Ya se han descifrado los códigos secretos del genoma humano, es decir, de los genes del ser humano. Se han localizado los genes que producen el síndrome de Down, la fibrosis cística, la talesmia y otras enfermedades como el cáncer, la diabetes o algunas enfermedades psiquiátricas.  Extrañamente, el ser humano no es el ser que más cromosomas tiene, pues hay simios que tienen más cromosomas. En el genoma humano (conjunto de genes humanos) hay entre treinta y ochenta mil genes. El estudio de estos genes es como un libro en el que pueden leerse muchos datos, incluso de generaciones pasadas, que han transmitido por herencia cualidades o enfermedades. Por eso, la ciencia sigue profundizando sus investigaciones a fin de hallar la cura para diversas enfermedades hereditarias. Como puede observarse, el cuerpo humano es toda una maravilla incomprensible para nuestra limitada mente.

Cuando muere un ser querido

En nuestra vida existen etapas donde mueren seres queridos que  amamos y necesitamos como compañeros de existencia terrenal, quienes nos fueron concedidos para ayudarnos en nuestro proceso de aprendizaje en esta vida. Por ello, casi siempre en el momento menos esperado somos sometidos a grandes pruebas, bien por una enfermedad incurable de alguno de nuestros seres queridos, o bien por el fallecimiento de uno de ellos. Perder a un ser querido es una de las experiencias más dolorosas que tenemos que pasar, puesto que se nos va una parte fundamental  de nuestra propia vida como padre, madre, hijo, hija, esposo, esposa, hermano, etc. No obstante, aunque morir es un proceso evolutivo natural que se inicia al nacer, nunca nos acostumbramos a aceptar la muerte y ante la realidad de la pérdida del ser amado, el dolor es inevitable. Aceptar y asumir el dolor del adiós requiere permitirnos sentirlo sin avergonzarnos, sin aislarnos y sin vernos como víctimas indefensas, sino como parte de un proceso de aprendizaje existencial. La muerte transciende al ser humano puesto que es un evento natural, equivalente al nacimiento, puesto que ambos son dolorosos e inevitables. Sin embargo, por ser inesperada y nunca deseada, en nuestra cultura es un tabú, sobre todo porque antes las personas morían en sus casas, acompañadas por su familia. Así, niños y adultos se mantenían en estrecho contacto y ese acercamiento al suceso facilitaba la aceptación de la finitud de la vida. A esto se añade que, aunque la ciencia médica ha avanzado mucho en la preservación de la vida, contamos con poca información acerca de lo que psicológicamente nos sucede cuando perdemos a un ser querido. Es bueno señalar que ante la triste realidad uno tiene que permitirse sentirse mal, por ello,  el dolor ha de salir cuanto antes, no intentando hacernos los  fuertes ya que a la larga eso nos hará más vulnerables, puesto que es imposible pensar en ese ser querido sin experimentar dolor si antes uno no ha  sufrido lo suficiente. En estos casos, el dolor emocional no es negativo, sino necesario para avanzar en la vida. Cuando alguien se nos va, hay que buscar descargar el estrés producido por la tristeza a través del ejercicio físico, la relajación, cocinar, pintar, etc. Respecto a la pérdida uno debe desahogarse con alguna persona confiándole nuestro dolor. Eso sí, debemos tener en cuenta que hay muchas personas que no es que no quieran ayudarnos, sino que no saben cómo hacerlo. Cuando integramos un grupo familiar lo saludable es no ejercer control sobre los demás, pues cada persona reacciona a su manera. Unos, aislándose demasiado. Otros, saliendo de paseo con sus amigos, etc. El proceso de duelo no es fácil ya que toda perdida lleva su tiempo en cuanto a sanar las heridas. La pérdida de un ser querido genera cambios en nuestra existencia e incluso en nuestra identidad, porque todo cambio implica una pérdida del mismo modo que cualquier pérdida es imposible sin cambio.


Ante la dolorosa perdida hay que valorar todo lo que esa persona nos enseñó en vida. Luego de su marcha es cuando empezamos notar la importancia  de los pequeños detalles de sus actos y palabras cuando le tocó vivir a nuestro lado. Por ello, debemos sentirnos feliz por haber compartido parte de nuestra vida con esa persona y por haber podido también formar parte de su vida. Lo importante es que jamás nadie podrá ocupar su lugar, porque su recuerdo es irremplazable.  Todos morimos. La vida es parte de la muerte y como muerte misma, a partir del momento en que nacemos es lo más seguro que tenemos. Pero… ¿acaso la muerte representa el final de todo?  No. La muerte no es el final, es solo un tenue velo entre nuestra existencia terrenal y el plano astral. Se trata de una especie de velo de nuestra voluntad, porque después de la muerte lo que siente nuestro corazón no puede cambiar, ya que si escogimos amar a esos seres que nos fueron concedidos como compañeros, los amaremos durante toda nuestra vida y en nuestras otras vidas, máxime cuando al morir nosotros nos volvemos a reunir con ellos. Se trata de del traslado de una vida a otra. Entendiéndolo así, la misma vida dará el consuelo necesario a nuestro dolor y nos permitirá seguir amándolos a través de nuestras oraciones. ¿Debemos llorar ante una situación que nos produce tanto dolor? ¡Claro! Porque además es sano ya que el llanto actúa como una válvula liberadora de la angustia. Más, el lloro deberá disminuir al paso del tiempo, pues es malo llorar siempre a nuestros muertos. Pasado el tiempo, es preferible para ellos y para nosotros recordarlos gratamente, porque los gratos recuerdos permiten su definitivo despegue de este plano terrenal. ¿Por qué es malo llorarlos siempre? Porque el duelo no puede ser eterno. Lo recomendable es orar por ellos y pedirle a Dios que lo ayude a uno a aceptar la pérdida. “No veamos la muerte como un evento trágico, sino como el viaje de regreso a casa”.  Suele ocurrir que ante la pérdida del ser querido sintamos tristeza, rabia, melancolía, rechazo, impotencia, depresión, frustración, desencanto o sentimientos de culpa. Por ello, pasado algunos días, se hace necesario intentar retornar a la cotidianidad de nuestra vida. Es la clave para superar tan triste momento. De este modo, procesar el duelo no significa olvidar, sino comenzar a aprender a vivir con la ausencia física de ese ser. Liberarse del dolor tampoco significa dejar de quererle o de recordarle, sino una forma de impedir que la tristeza nos agobie. Esas actividades incluyen liberarse de los lazos con la persona fallecida y readaptarse al ambiente en donde esa persona ya no está y formar nuevas relaciones. No se trata de sustituirla y de que hayamos dejado de amarla o la hayamos olvidado, sino que seguir siendo capaces de continuar viviendo con el consuelo de su grato y nunca perecedero recuerdo. Los espíritus desencarnados se sienten reconfortados al saber que siguen siendo seres queridos para nosotros en este plano terrenal. Es normal que durante el período de duelo nos sintamos con el corazón roto, destrozados. Ante ello, es recomendable expresar y compartir nuestros sentimientos con otros seres queridos. De esta forma, ellos se darán cuenta que piensan y sienten lo mismo que uno. De este modo, esa conjunción de sentimientos los reconforta espiritualmente y los une más ante el dolor y, a partir de ese momento, Dios les enseña a estar mucho más unidos. El proceso del duelo es muy parecido a las etapas por las cuales una herida pasa hasta que queda la cicatriz. Ante la pérdida de un ser querido, las reacciones de los familiares más cercanos son totalmente normales y esperables. Algunas de ellas, nuevas, extrañas, angustiosas y muy dolorosas (incredulidad, confusión, inquietud, angustia aguda, pensamientos que se repiten constantemente, boca seca, debilidad muscular, llanto, temblor, problemas para dormir, pérdida del apetito, manos frías y sudorosas, náuseas, bostezos, palpitaciones, mareos, etc.). Aún cuando uno se recupera de la pérdida de un ser querido, vale señalar que su recuerdo es imperecedero. Aunque lo natural es nacer y morir, nunca estamos preparados para el doloroso momento de esa pérdida. Más, tras la muerte, para los grandes espíritus están reservados los grandes lugares. Ese gran lugar es un regalo y ese regalo es permanecer en los corazones de quienes le quisieron en vida. Eso significa ser eterno y la eternidad es inmortal.  Ahora, bendice a tu ser querido desencarnado, recuérdalo con una sonrisa en tu corazón y ora por su eterno descanso.