Ese desconocido llamado espíritu

Lo espiritual es todo aquello que trasciende lo material. Es la sublime luz de la eterna y verdadera paz.  La experiencia mística es básica en toda visión trascendente de la vida y a ella estamos todos convocados. La evolución espiritual hace despertar en nosotros una comprensión que no es posible transmitir con palabras y que, sin embargo, tan sólo tiene que ser despertada, porque ya existe en lo más íntimo de nosotros: la comprensión mística. El sentido de la existencia humana radica en caer en cuenta de su unión con lo divino. En vez del antiguo modelo de la religión creer, comprender y practicar, ha llegado el momento de meditar, practicar, experimentar y comprender. Cuando comprendemos surge entonces una pregunta fundamental: ¿Qué sentido tiene nuestra vida? Luego, de ella parten todas las demás, y de la respuesta que vislumbremos, depende nuestro comportamiento. La espiritualidad es un universo entero por explorar dentro de nosotros mismos y nos lleva más allá del limitado alcance de la corporalidad física que decide averiguar un poco del ilimitado poder que se alberga en un ser humano. Ese poder se llama verdad y cada uno de nosotros tiene el derecho y la obligación de indagar en ese infinito océano de conocimiento con el fin de sacar a la luz la sabiduría que se encuentra en todos nosotros y eso sólo puede hacerse a través del Espíritu. En este sentido, es necesario saber que el espíritu es una entidad no corpórea a la cual se hace referencia en muchas religiones. Espíritu viene del latín spiritus, que significa aliento y como el aliento es sinónimo de vida, la palabra denota que el alma que sigue viviendo se separa del cuerpo muerto, pero como tiene aliento, metafóricamente se entiende que sigue viva. En teología, “el espíritu es la parte más profunda del alma del hombre, a través de la cual puede ponerse en contacto con Dios”. En muchas culturas, los espíritus existen en el mismo plano que los dioses, aunque en una jerarquía menor. Según los Mormones, “es la parte del ser viviente que existe desde antes del nacimiento del cuerpo mortal, que mora dentro de ese cuerpo y que después de la muerte sigue existiendo. Toda persona viva o que haya vivido sobre la Tierra tiene un cuerpo espiritual inmortal”. Según las Escrituras, “el espíritu y el cuerpo constituyen el alma. La muerte física es la separación del espíritu y el cuerpo. En la resurrección, el espíritu se reúne con el cuerpo mortal que habitó, para nunca volver a separarse. Entonces será inmortal y perfecto”. Un cuerpo sin espíritu está muerto (Santiago 2:26). Por lo tanto, espíritu es aquello que da vida al organismo. Al Espíritu, al cuerpo físico y al periespíritu, el apóstol Pablo llamó cuerpo espiritual, formado de materia sutil e imperceptible a los ojos comunes, pero visible a los que tienen la facultad mediúmnica llamada clarividencia. El periespíritu se conoce desde la antigüedad. Pitágoras lo llamó carne sutil del alma. Aristóteles, cuerpo sutil y etéreo. Orígenes lo llamó aura. En el siglo XVI, Paracelso, lo llamó cuerpo astral. Al codificar la Doctrina Espírita, Allan Kardec lo llamó periespíritu.  Por estas razones, desde tiempos inmemoriales el hombre cree en la reencarnación. Prueba de ello es que los antiguos griegos señalaban que la palabra educación significaba originalmente extraer algo de lo que ya se sabe, por lo que Platón sostenía: “El conocimiento fácilmente adquirido es aquel que se ha obtenido en una vida anterior. Por eso fluye con facilidad. ¿Acaso no son una prueba contundente los numerosos casos de niños-prodigio en diversas disciplinas del saber humano?”. Tales planteamientos en el tiempo han hecho que diferentes religiones sostengan que el hombre se dirige hacia su propio origen…pero, ¿hacia cuál origen? ¿Un origen en este mundo o en otros mundos? Las milenarias afirmaciones lo inducen a buscar respuesta en el mundo espiritual, donde cada quien interpreta, a su nivel de comprensión, lo que cree sea su propia verdad y, de esta manera, al referirse a evolución se encuentra con la reencarnación, para unos dogmática o fantasiosa y, para otros, una verdad que señala que el hombre nace una y otra vez en la Tierra, hasta llegar a su nivel natural de aprendizaje. “La reencarnación es un proceso cíclico de vida, muerte y renacimiento, ya que para el espíritu no existe la muerte pues es eterno. Cuando muere el cuerpo el espíritu sigue viviendo”. Por ello, tras desencarnar no sólo conservamos la apariencia exterior. Mantenemos también todas las condiciones psíquicas que teníamos antes. ¿Es esta otra oportunidad para que el espíritu recobre su pureza y retorne al camino en un nuevo cuerpo? “La lección se repite cuantas veces sea necesario hasta ser aprendida. Una vez aprendida, no existe razón para ser repetida, porque tampoco podrá ser olvidada”. (Jeremías 18:1-6). Sin embargo, algunas religiones sostienen que entre una vida y otra, siempre hay una tregua necesaria para meditar y descansar antes de emprender la nueva tarea que permita la superación del espíritu: “El venir a este mundo es un privilegio para el espíritu y no un castigo, por lo que se debe aprovechar esa gracia divina al máximo, ya que no sería la primera vez que nuestro espíritu viene a este mundo. Habría estado aquí en otras materias”. Por su parte, los reencarnacionistas mantienen que reencarnamos porque una sola existencia es sumamente breve, comparada con la vida espiritual y esta no es decisiva sobre la eternidad del espíritu, ni suficiente para que se alcance la perfección. “El regresar a esta vida es la divina oportunidad que se ofrece al espíritu para que evolucione, se purifique y comprenda tanto de su pasado, como de su presente y de su futuro; para que pueda alcanzar  a saber quién es, qué es, de dónde viene y adonde va. Al encontrar las respuestas ya no regresará más”.
La existencia en la Tierra es sólo un instante en la eternidad del espíritu y un soplo de vida que alienta por un tiempo a cada ser. Antes de encarnar, el espíritu recibe una gran preparación ya que quedará sometido a una larga y dura prueba. “El hombre ha olvidado en el fondo de su ser a su espíritu, al creer que tiene todo en la vida (salud, bienestar, riqueza, familia, placeres, títulos, nombramientos, etc.), por eso se preocupa más por su vida física que por la vida espiritual, aún sabiendo que lo humano es pasajero. Ésa es la causa por la que habiendo adelantado en su civilización, espiritualmente se encuentra estacionado y adormecido en sus religiones y creencias, confundido y temeroso”.  Cuando aprenda las lecciones estará preparado para pasar a su siguiente etapa evolutiva, porque todo es enseñanza y él siempre está donde tiene que estar para aprender lo que vino a aprender. En todo ser humano duermen facultades que le permiten alcanzar conocimientos de tres mundos superiores. Las personas espirituales siempre han hablado de un mundo anímico y de un mundo espiritual, tan reales para ellos como el que ven nuestros ojos físicos y tocan nuestras manos. Al escucharlos uno puede pensar que estas experiencias también puede tenerlas si desarrolla ciertas fuerzas que hasta ahora aún duermen en nosotros. El problema consiste en saber qué debe hacerse para desarrollar estas facultades latentes.  Desde que existe el género humano ha existido siempre una enseñanza mediante la cual los seres humanos dotados de facultades superiores han dado sus indicaciones a quienes aspiraban a tenerlas. Para ello, sólo pueden dar las instrucciones quienes ya poseen tales fuerzas actualizadas. Esta enseñanza se ha denominado enseñanza oculta y la instrucción recibida ha sido llamada instrucción de la ciencia oculta. Tal denominación provoca, por su naturaleza, malentendidos: podría uno sentirse tentado a creer que los que se dedican a esta enseñanza pretenden aparecer como una clase de seres privilegiados, que arbitrariamente rehúsan comunicar su saber a sus semejantes. Quizá se llegue a pensar que tras de ese saber no hay nada importante, pues uno podría pensar que si se tratara de un auténtico conocimiento no habría necesidad de ocultarlo como un misterio, sino, al contrario, se podría divulgar para que la humanidad entera recibiese sus beneficios. Los iniciados en la naturaleza de la sabiduría oculta, de ninguna manera se asombran de que los no iniciados piensen así, pues sólo pueden comprender en qué consiste el misterio de la iniciación quienes, hasta cierto grado hayan recibido la iniciación en los misterios superiores de la existencia. Si esto es así, ¿cómo puede el no iniciado tomar interés humano alguno en la llamada ciencia oculta? ¿Cómo y por qué habría de buscar algo de cuya naturaleza no puede formarse ninguna idea? Tales preguntas se basan en una idea enteramente errónea de la verdadera naturaleza del conocimiento oculto, pues en realidad el caso de la ciencia oculta no es otro que el de todos los demás conocimientos y capacidades de la humanidad. Este saber oculto no es para la persona común un misterio que tenga otra razón de ser como lo que es el saber escribir para quien no lo ha aprendido. Y así como cualquier persona puede aprender a escribir, si emplea los métodos adecuados, así también todo ser humano puede llegar a ser discípulo, y hasta maestro de la ciencia oculta, si busca los caminos apropiados. Sólo en un aspecto difieren las condiciones que deben cumplirse del saber y de las capacidades exteriores: puede que alguien, por su pobreza material o por las condiciones culturales del ambiente en que nació, no tenga la posibilidad de aprender a escribir; en cambio, para la adquisición del saber y de las facultades de los mundos superiores, no hay obstáculo que se oponga a quien los busque sinceramente. En todo caso, el discípulo puede estar seguro que la iniciación llegará a él si tiene el deseo sincero de alcanzar el conocimiento. En este sentido, existe una ley natural entre todos los iniciados que les impone no negar a nadie el conocimiento que le corresponda merecidamente. Pero hay otra ley, tan natural como la primera, que establece que a nadie se le debe entregar la menor parte del conocimiento oculto, si carece de méritos para recibirlo. Y el iniciado es tanto más perfecto cuanto más estrictamente observa estas dos leyes. Minuciosamente precisados se hallan los caminos que el hombre debe recorrer para adquirir la madurez que le permita recibir el conocimiento superior, porque sólo en su propia alma hallará los medios para que se le abran los labios de un iniciado; debiendo desarrollar en sí mismo determinadas cualidades hasta cierto grado de elevación, para poder así participar de los sublimes tesoros del espíritu.     La espiritualidad es lo que no se ve porque es el elemento oculto de nuestra vida. Se encuentra presente en nuestros éxitos, se aprecia en nuestras relaciones satisfactorias, se distingue cuando nos sentimos plenos y en paz. De la misma forma que en un árbol la savia nutre desde la raíz sus diferentes partes, ese elemento oculto, la espiritualidad, sustenta desde nuestro interior todos los múltiples aspectos de nuestra vida aportándoles significado. Sigue los pasos de la enseñanza y entra en comunión con tu sabio guía interior que te ayudará a generar una contribución mayor a los demás y, posiblemente, incluso un legado. De este modo, muchas revelaciones espirituales y atributos se encienden repentinamente en tu interior cuando tu voz interior se hace más fuerte que las múltiples voces y opiniones que te llegan desde fuera.
Hay que recordar que los maestros inmortales de la vida han sido los que dominaron la capacidad de armonizarse con sus voces interiores. Esos grandes seres que cultivaron esta virtud dejaron su huella en la historia. Desde Cristo, que escuchó a su padre celestial hasta Dante y muchos otros que atendieron ese susurro orientador. Existen dimensiones que no son perceptibles a la visión humana. Es por esta razón que el conocimiento espiritual nos da respuestas a viejos problemas existenciales y nos ayuda a mejorar la autoestima; pero debemos estar atentos que el conocimiento debe servir para aclarar situaciones y no generar problemas. La idea es que el conocimiento sirva para liberar las cargas y volver al ser humano libre. El conocimiento debe ser las alas que hacen que el individuo pueda volar sobre los obstáculos y aprenda a superarlos, experimentando la felicidad que es el verdadero propósito de la vida. Por su misma etimología que deriva de espíritu, la espiritualidad ha sido vista siempre como lo opuesto al cuerpo y, hasta hace poco  se consideraba reducida al campo de la religión. Hoy día se ha roto el monopolio religioso de la espiritualidad, porque se ha comprobado que no es necesariamente religiosa, ni se agota en lo religioso, sino que es profundamente humana  y como centro de nuestra humanidad, da calidad verdaderamente personal a nuestra vida humana. Es una dimensión natural del mismo ser humano y elemento integral de su plena realización. La espiritualidad no es nada contrapuesto al cuerpo, ni a la materia, ni a la vida corporal, sino que los inhabita y les da fuerza, vida, sentido y pasión. La espiritualidad es la realización plena del ser humano, su apertura a la naturaleza, a la sociedad, a la contemplación del misterio y su realización espiritual. En definitiva, es una realidad plenamente humana y plenamente natural, absolutamente ligada a todo ser humano. Urge salvar nuestra espiritualidad y la de generaciones futuras. ¿Cuál es el camino? El camino habrá de pasar por cultivar el silenciamiento interior, aprender a escuchar nuestro Yo interior y a reconocer nuestros pensamientos y sentimientos, a no tener miedo a nuestra soledad interna y aprender a buscar desde nuestro interior, sabiendo que allí en el fondo de nuestro ser es donde estamos más cerca de nuestro Dios-Padre, siempre abierto a nosotros y que sólo se llega a Él a través del camino del prójimo y no por prácticas vacías. Por esta fundamental razón, todo debe empezarse desde el principio, pero nuestras mentes están impacientes, queremos hacerlo todo rápidamente, queremos alcanzar el punto más alto sin haber pasado por cada peldaño de la escalera y es por esto que debemos estar conscientes que al conocimiento no se llega en un abrir y cerrar de ojos. Al conocimiento se llega con paciencia, aprendizaje, decisión y dedicación, porque todo conocimiento comienza por la práctica y todo el conocimiento teórico, adquirido a través de la práctica debe ser nuevamente llevado a la práctica. La función activa del conocimiento no se manifiesta sólo en el salto activo del conocimiento sensorial para el conocimiento racional, sino también en algo que es aun más importante, debe manifestarse en el salto del conocimiento racional a la práctica. El conocimiento adquirido sobre las leyes del mundo debe ser dirigido de nuevo a la práctica transformadora del mundo.  Muchos viajan a lugares remotos buscando la enseñanza del conocimiento o la sabiduría a través de un guía o en lugares como Egipto, Macchu Pichu, Teotihuacán, Delfos y otros, sin quizá haber entendido  el mensaje de que venimos a este mundo para reconstruirnos, para recordar, a colocar piedra sobre piedra y buscar dónde encaja cada una de ellas, cuál es su función, cuál su belleza y sentido, para “descubrir” que el suave cauce que nos lleva a un mundo de paz está dentro de nosotros mismos y es por ello que el viaje debe ser hacia nuestro Yo interior donde hemos de recoger los escombros de nuestro cuerpo, de nuestra mente y nuestro corazón, para limpiarlos, reconstruirlos y ordenarlos para formar un todo completo, un Ser pleno de vida, de amor y de armonía. Ojala que cuando estemos de vuelta podamos decir que el viaje mereció la pena, que nos encontramos y completamos, que hicimos de un montón de piedras esparcidas un hermoso Templo Sagrado dedicado a la divinidad.
Mientras habitemos este mundo terrenal, no olvidemos que así como no resulta posible meter el mar en un vaso de agua, tampoco se puede asimilar la sabiduría universal con el raciocinio y el intelecto del Yo Humano.  Para lograrlo hay que meditar, dejar que los sentidos se calmen y expandir la conciencia hacia lo Supremo e Incognoscible.  Entonces, todo lo podremos comprender en su momento, a través de ese “desconocido” llamado espíritu, porque cada uno de nosotros es también el Universo y la Inteligencia Cósmica.   


No hay comentarios:

Publicar un comentario