El museo de la muerte

Como puede pensarse, el museo de la muerte no exalta la vida, sino la pérdida de ella, es decir, lo temible y lo desconocido. En este caso, por tratarse de un lugar tétrico y lúgubre donde las sombras, la humedad y el olor a moho recuerdan al visitante que está a las puertas de un sitio donde ronda la muerte e insospechadas historias de vida, el visitante que se atreve a introducirse en el podrá ver y tocar cadáveres en tumbas colocadas en las paredes, en los pisos, en criptas colectivas y hasta en una fosa común, percatándose al instante que ha entrada en Las catacumbas de los Capuchinos, en Palermo, Sicilia, Italia; uno de los museos más escalofriantes y singulares del mundo, donde, según dicen algunos, ocurren extraños sucesos; se apagan las luces o cuando van a grabar se escuchan voces y cuando vuelven a revisar la cinta de grabación se escuchan lejanas voces de niños, mientras que otros visitantes que han tenido la osadía de permanecer allí hasta casi cuando cae la noche, dicen que en ocasiones se ve cómo caminan rápidamente por sus pasillos y escalinatas extrañas figuras borrosas. Las catacumbas datan de 1599. Allí se exponen 8000 cadáveres como si se tratara de una galería de la muerte. Muchos de ellos embalsamados mediante diferentes métodos y otros tantos que han sufrido deformaciones por el paso del tiempo o han perdido algunos de sus miembros.
En los anales de lo tenebroso, las catacumbas de Palermo, en Sicilia, Italia, ocupan un lugar especial por los numerosos cadáveres momificados que encierran y por el impacto que producen en quienes se atreven a visitarlas. Antiguamente, las catacumbas eran galerías subterráneas en las que los cristianos enterraban a sus muertos. Las de Palermo son una cueva natural, descubierta debajo del Altar Mayor del Convento de los Capuchinos. Allí reposan cuerpos momificados, pertenecientes a frailes capuchinos y lugareños, vestidos con trajes de las épocas de los siglos XVII, XVII y XIX. El lúgubre lugar, conocido como Las Catacumbas de los Capuchinos de Palermo, guarda en su interior enigmáticos secretos que se llevaron consigo las almas de quienes lo habitan, cuyos cuerpos son mostrados con total crudeza.
La historia de estas catacumbas se inicia en 1599 cuando muere el fraile Silvestro de Gubio, considerado como un santo, razón por la que sus hermanos decidieron colocarlo en las catacumbas para que fuese objeto de veneración. Tiempo después descubrieron que sus restos se habían conservado perfectamente. Tras conocer las condiciones climáticas especiales de la cueva, los capuchinos desarrollaron técnicas de embalsamamiento que les permitían conservar los cuerpos evitando la putrefacción; de modo que decidieron trasladar los restos de 40 miembros de la congregación y fueron añadiendo más galerías hasta que en 1732 alcanzaron a un espacio de 300 metros, con cuatro corredores atravesados por un pasillo. En 1637, la Santa Sede les dio permiso para “enterrar” en sus catacumbas a extraños de la Orden. Conocida su existencia y los diferentes métodos para embalsamar, la comunidad comenzó a solicitarles enterramientos y poco a poco la momificación de las personas que morían en Palermo se convirtió en una tradición, al punto que muchos dejaban instrucciones en su testamento respecto a las ropas que lucirían después de muertos. Al permitir enterrar extraños en el convento se cumplió el deseo de los fieles de descansar en la iglesia cerca de las reliquias de los santos. Así fueron incorporando cadáveres a la cripta, siendo aceptados a cambio de donaciones a la iglesia y con la condición de que fuesen sus familiares quienes se encargaran del cuidado de los cuerpos (untarlos con crema, peinarlos, coser sus ropas, etc.), hasta que 1920 recibieron al último “huésped” debido a que las autoridades prohibieron tal práctica.
El último cadáver en ingresar a las catacumbas fue el de Rosalía Lombardo, una niña de dos años, quien murió de neumonía, cuyo cuerpo fue momificado por el doctor Alfredo Solafia en 1920, a tal grado de perfección que se mantiene intacto, por lo que es llamada La bella durmiente, gracias a la placidez que muestra su rostro incorrupto. La dulzura que muestra esta niña se atribuye a que murió en paz y relajada, o tal vez al tratamiento al que fue sometido su cadáver mediante inyecciones de compuestos químicos cuya fórmula se llevó el doctor Solafia a la tumba. Con el tiempo, muchos cuerpos han sufrido deformaciones o perdido algunos de sus miembros. En cambio, el perfecto estado de conservación del cuerpo de la niña Rosalía es impresionante. Entre 1866 y 1897 los capuchinos fueron expulsados mediante decreto y las catacumbas quedaron bajo la custodia del Ayuntamiento. Durante ese lapso, los cuerpos al no ser cuidados se deterioraron, lo que dio entender a las autoridades que los frailes los cuidaban permanentemente, por lo que 1897 permitieron su regreso y ellos comenzaron a restaurar los daños sufridos tanto en las galerías como en los cadáveres. El último monje enterrado fue el Hermano Riccardo de Palermo, muerto en 1871. Hoy día, las catacumbas están abiertas al público. En ellas las momias están al alcance de la mano del visitante y la muerte se siente en todo el ambiente.
Los cadáveres depositados allí son sencillamente escalofriantes. Ver esos cuerpos intactos expuestos en diferentes posiciones y vestidos, resulta tan impactante que los visitantes coinciden en señalar que el sitio es espantoso. Giorgio Caprini, uno de esos visitantes, señaló: “El tenebroso lugar infunde respeto y terror. Al ingresar, desde los primeros escalones se percibe la humedad y un fuerte olor a moho que penetra en la nariz. Luego, en la penumbra, se ven los esqueletos en fila, en diferentes posiciones y expresiones que a uno le provoca salir corriendo atemorizado. No volveré nunca más, pues pasé casi un mes con pesadillas, soñando con esas horribles y deformes figuras”. Aunque resulte paradójico y hasta grotesco, las catacumbas han dado fama mundial a la iglesia de Convento de los Capuchinos de Palermo, por lo que hoy día resultan una macabra atracción turística, que produce además de miedo, espanto y terror, muchos dividendos. “¡Levántate, vuélvete sobre tu lecho a fin de ver la luz del disco solar puro en la entrada de cada uno de tus caminos donde tu karma estime estar!”.

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